Mostrando entradas con la etiqueta -Historias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta -Historias. Mostrar todas las entradas

Pronóstico: De mal en peor...[enamorada]

Ella una chica sombría, y él sólo un tipo solitario, de aquellos que se han de llamar poco sociables, y a veces poco amables, y que sin embargo cautivan. Ambos sin remedio.

Un día se encontraron sin querer, y desde aquel día han caminado en la misma dirección. Ella no sabe que se alimenta de amor, pero tampoco que todo aquello la consume, sólo siente lo intolerable que es estar enamorada.

Hace algún tiempo él le regaló una pequeña libreta, el cual ella nunca llegó a escribir, y por alguna ridícula razón permanece guardado como un bonito recuerdo. No solía escribir poemas, porque no tenía el espíritu romántico, no obstante últimamente la enfada mucho corregir los versos que adornan las últimas páginas de sus libros.

En ocasiones la nostalgia es como una enorme pregunta asediando su cabeza, y él la respuesta.

Primer encuentro~


— ¡Que coincidencia!—sonrió, cuando hablamos por primera vez.
Lo que no sabía era que yo lo conocía desde hace mucho tiempo, y no era porque estuviera pendiente de él, pero era inevitable serle indiferente.
Quizás él no lo recordaba, pero la primera vez que nos vimos fue cuando salía de clases y él bajaba las escaleras. Sus ojos me observaban con insistencia, y yo lo advertí aún sin mirarle. Me sentía irritada y no estaba dispuesta a disimularlo, no obstante cuando mis ojos se encontraron con los suyos fue un intento fallido, hubiera querido detener el tiempo para recordar al detalle su rostro, pero me vi obligada a seguir caminando, con la esperanza de encontrarlo después, porque sólo recordaba la fuerza de su mirada.
Pequeño párrafo que se me dio por escribir hoy, y lo cierto es que es cierto *risas*. Pueda que sea muy romántica como para quedarme prendada de esa manera, pero no soy de creer en el amor a primera vista y esas cosas~ aunque a veces admito que un primer encuentro puede ser inolvidable.

Ely

Daniel estaba muy animado en el primer curso de la mañana, sumido en la conversación que le hacía Vania —su amiga del costado— cuando surgió por la puerta la figura de la nueva compañera, que se detuvo indecisa en el marco de la puerta. Había llegado cinco minutos tarde sin embargo la profesora estaba atareada con la organización de las lecciones que no se dio cuenta. Daniel atrajo la atención de aquella chica, haciendo señas para que entrase, mostrando entusiasmo en su rostro y añadiendo además una sonrisa amable a la cual ella respondió con un gesto de desconcierto.

—Dime que ella es Noelia —le exigió saber a su amiga del costado, desviando la vista avergonzado hacia el extremo opuesto de su nueva compañera, que estaba acomodada en la carpeta de la fila continua.

—No…no es ella, es la nueva —le susurró en bajito.

—Pensé que era Noelia, por eso la saludé como un idiota —habló Daniel sin dejar de sentir vergüenza. —Debe estar pensando que lo soy…

Su amiga sonrió para sus adentros, entendiendo el estado de su amigo.

—Quizás piensa que le estás dando la bienvenida. —dijo guiñándole el ojo.

En el transcurso de la semana no pasaron de miradas y de sonrisas tímidas. Cuando un día de tantos Daniel se disponía decidido a iniciar una conversación, se encontró con una sorpresa desagradable.

Alguien había venido a marcar terreno, porque tomaba a Ely de la cintura presumiéndola.

Entonces él entendió que le gustaba pero ella ya tenía novio.

Nota:

La anécdota de un amigo me sugirió a escribir esta pequeña historia, y me animé a publicarla, admito que añadí algunos detalles, pero podría decir que es un 90 % cierta. Me causa gracia recordar que alguna vez también saludé erróneamente a personas aparentemente conocidas, además del hecho de haber tenido expectativas con respecto a alguien y finalmente pegarme un tortazo. Sorpresillas que surgen cuando sientes que estás volando y te das cuenta que no tienes alas.

¡Besazos!

Desconsuelo

Ella se ha rendido y no desea lidiar con su soberbia, porque siente que su nostalgia ha ganado la batalla, pero no la guerra. Sin embargo hoy la dejará…y no hará nada al respecto, sólo se abandonará sin desconfianza a su soledad, entre lágrimas y recuerdos.

No quiere entender de razones, sólo quiere llorar. Estos últimos días ha entendido que tiene que aprender a disfrazar su tristeza, porque sólo así las cosas marcharán bien y que nadie se atreverá a preguntar si está bien, porque hay un miedo de por medio, y es el de revelar su aflicción.

Nota: Estoy contra el tiempo, así que lo dejo aquí de momento...=)

Espejismo

Ella oprime los ojos con fuerza y lleva instintivamente sus manos a su estómago, al sentir esa sensación extraña que recorre cada milímetro de su cuerpo, y que desemboca en su corazón, que golpea fuertemente contra su pecho, con un ritmo inusual.

Esos latidos descompasados sólo la sumergen en un mal presentimiento y se rinde sobre su almohada, escondiendo el rostro. No desea precisar lo que siente, porque sabe que está pasando lo que más teme. Ilusionarse.

No le hace gracia ilusionarse, porque esa pequeña advertencia, de que con ella las cosas suelen terminar mal, le hace entender que puede salir lastimada.

Un desengaño a tiempo puede ser un mal menor, pero sus esperanzas llegan hasta los límites de lo posible. Aquel anhelo se convierte en fantasía cuando sus ojos ven cosas donde no las hay e inevitablemente una desilusión es la realidad más cercana.

Entiende que a tropezado alguna vez, pero hay la posibilidad de volverlo hacer si continúa creando situaciones, donde aún no las hay, pero que sin embargo pueden suceder, si él sientiera lo mismo.

Su mente se llena de pequeñas mentiras que van surgiendo de pequeñas situaciones agradables, pero inmediatamente sacude la cabeza desechando todo pensamiento que se encamine a él, hay cosas mejores en qué pensar. Concluye.


Nota:Pequeño texto que salió un día como hoy, en horas de la tarde, escuchando una canción.

Para morir, No se necesita permiso…


















— ¿Dónde vas? —preguntó su padre, con la ira saltándole la órbita de los ojos.

Ni ella misma conocía el rumbo, pero sí las intenciones con la iba decidida.

— A caminar un poco —Rezongó, abriendo ligeramente la puerta, tenía un pie fuera.

— ¡No tienes permiso! —protestó su progenitor, desde adentro.
—Para morir no se necesita permiso…—susurró ella, y se oyó un golpe seco.

Cerró aquella puerta, para no abrirla jamás, y si algún día alguna se abría, esas serían las del infierno, porque no era digna de ser recibida en el cielo, uno no es dueño de su vida, uno no decide cuando va morir.

Caminaba por caminar, al tiempo que evitaba que sus ojos dejaran caer una maldita lágrima de dolor, mientras un nudo le ahorcaba la garganta.
Con pasos ligeros decidió entrar a una cabina de teléfono, quizás aún había tiempo para pensar las cosas, o alguien.

—Llamada a teléfono fijo —solicitó con voz seca.

El hombre que descansaba tras aquel mostrador, de apariencia desgastada por el peso de los años, le indicó la cabina número tres.

—gracias.

El primer número que le vino a la mente fue el de su mejor amiga, habían sido muchas las veces que la había llamado, que el número estaba registrado en su subconsciente.

— ¿Si? —Resonó la voz desde el otro lado, era inconfundible.
— ¿Claudia?
— ¿Amiga cómo estas?
—Bien, bien —dijo arrastrando las palabras, quería echar a llorar y decir que todo estaba mal, muy mal, pero giró el cuerpo hacía atrás, y miró por el cristal, no era lo mejor, no quería lástima. — ¿Estarás hoy en tu casa?
—Emmm si —respondió con inseguridad —pero tengo unas cosas que hacer, ¿Y en la tarde?

Sólo había dos respuestas, un sí o un rotundo no, Un profundo sentimiento de dolor se ahogó en su garganta.

—No voy a poder…
— ¿Mañana?
—Tampoco —tragó saliva —Cuídate Claudia, adiós.
—Lo siento.
—No más que yo —y colgó.

Se giró para ver a aquel hombre.

— ¿Cuánto es? —el anciano le indicó la cifra.
—Que tenga un buen día —le dijo, mientras ella, traspasaba la salida.
Por un momento se detuvo, pensando en aquello, “Un buen día”, era el peor día de su vida.

Levantó la mano para tomar el primer autobús que le llevara a cualquier lugar.
Calculó que estaba lejos, y decidió bajar.
Adentró en una librería, y empezó a peinar el lugar, mirando con detenimiento cada libro, cogió uno, el título era interesante. “Sonríe mientras mueres”, lo dejó en el mismo lugar y se aproximó a una mujer que preguntaba al muchacho en turno por un libro.
— ¿Sabe de qué trata? —El muchacho no tenía ni idea, pero ella sí, era uno de los libros que la habían cautivado, recordó inmediatamente que su padre le había regalado en su último cumpleaños el último ejemplar y decidió intervenir.

—Son muy buenos, porque no es un solo libro, es una saga.
— ¿Así? —levantó las cejas la mujer.
—Trata de vampiros.
—O no quiero de vampiros —rió la mujer devolviendo el libro —La madre de una amiga murió y necesito un libro de autoayuda para levantarle el ánimo.
—A entonces el anterior está bien —y se alejó.

Pensó aquella última frase “La madre de una amiga murió y necesito un libro de autoayuda para levantarle el ánimo”.
No quiso imaginar aquella posibilidad muy cercana, quizás algún día alguien haría lo mismo por ella. No definitivamente no iba a suceder, y de suceder sería lo contrario, no sería su madre quien moriría, sino ella, y a quien tendrían que regalar un libro de autoayuda, sería a su madre, por la muerte de su hija.

Abandonó aquel lugar y con espíritu decidido fue a terminar con aquello que debía hacer.
Ingresó en un centro comercial, uno de los más importantes de la ciudad, no le interesaba la ropa, y tan siquiera pasó la vista por ellos, y se dirigió al servicio para damas.
Para suerte propia no había nadie, aseguró el pestillo, y sacó el frasco de veneno, y una botella de agua, no quiso pensar, no quería dar un paso atrás y bebió aquel líquido disuelto con aquel tóxico.
Se dejó caer al piso, esperando que aquello surtiera efecto, que todo pasara muy rápido y no despedirse de este mundo que le privó de aquello que siempre quiso. Se preguntaba si más allá encontraría lo que buscaba o quedaría condenada para siempre con su soledad.
Alguien aporreó la puerta, escuchaba los murmullos de chicas impacientes, que solicitaban los servicios higiénicos, sobretodo el tocador de damas, pero era en vano, alguien se había asegurado de cerrar bien.
Sintió un dolor recorrer sus venas, sus miembros se retorcían de sufrimiento, y el líquido espumoso salía por su boca, producto del ahogo lanzaba ligeros quejidos.
Alguien clamaba con desesperación abrir aquella maldita puerta.

— ¡Alguien está dentro! ¡Necesita ayuda!

En cuanto alguien logró abrir el seguro, era muy tarde, el cadáver de una joven estaba tendido sobre el frío piso de mármol junto a un pequeño osito.

“quiéreme”




Bueno un día surgió esta pequeña historia, no sé si llegue a gustar, pero aquí lo dejo, besos.